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Columna
LA MARAÑA CÓSMICA

La única tierra prometida es para todos los humanos, el planeta Tierra

✍️ Rolando Ísita Tornell 🗓 20/04/2026 👁 0 lecturas

Se han cumplido setenta y tres años que unos ejemplares de nuestra especie descifraron la estructura, el andamiaje de elementos, de los átomos enlazados que edifican el sistema operativo de todos los seres con vida, incluyéndonos a nosotros.
En aquellos días tal proeza de la evolución de conocimiento humano no fue más allá de los titulares de la prensa y los medios existentes entonces. La comunicación no era tan planetaria como ahora, tendrían que pasar cuatro años después del hallazgo sobre el ADN para que en 1957 se alarmara a las poblaciones occidentales con titulares como «hoy es un bip bip, mañana será una bomba atómica», debido al primer satélite artificial en órbita hecho por humanos.
Décadas después, en 2003, los titulares de prensa, radio y televisión mundiales anunciaron exultantes el mapa completo del ADN humano, los códigos del sistema operativo que nos hace estos seres vivos llamados humanos.
La profundidad de estos hallazgos fundamentales es de temerse que no permearon nuestro acervo cultural como pueblos, a decir de los actuales sucesos planetarios que tienen en vilo a la humanidad sin ningún sustento basado en hechos probatorios, evidencias.
Cuando los conocimientos y herramientas para conocer teórica e instrumentalmente el ADN y el mapa del Genoma Humano dejaron de ser encabezado de periódico, las comunidades científicas no pararon en sus laboratorios y continuaron desmenuzando la información de los secretos fisicoquímicos de la vida y de la apoptosis (la muerte).
El significado profundo de estos hallazgos y de la evolución de los conocimientos sobre ellos, son evidencia superlativa que debería desmontar todo discurso, leyenda, credo, valores o tradiciones de superioridad de grupo humano alguno sobre otros.
Sin embargo, mucho es de temerse, es notable, que tales conocimientos no son parte de nuestro acervo cultural mundial, no han sido herramientas ni armas al alcance del sentido común de los habitantes del planeta para desmontar propagandas negras y supercherías «viralizadas».
La pandemia Covid 19 fue un muestrario de la oscuridad intelectual que aún prevalece en buena parte de las poblaciones del mundo. En principio, la noción de especie brilló por su ausencia. Lo más asombroso fue que no pocos miembros de la comunidad científica incurrieron en el despropósito de privilegiar sus inclinaciones ideológicas antes que los conocimientos (o ignorancias) sobre genética, inmunología, epidemiología, virología.
De entrada, frente a un virus del que poco se sabía nadie podría afirmar o descalificar si las autoridades sanitarias manejaban bien o mal el fenómeno biológico evolutivo. Se hizo lo mismo que se sabía hacer desde la primera pandemia, la Peste Antonina (o plaga de Galeno) de los años 165-180 de nuestra era: confinar a las poblaciones.
Los hallazgos del ADN y del mapa del genoma humano, si hubieran sido socializados, inculcados, divulgados, enseñados, aprendidos, las poblaciones y sus dirigentes ya habrían destacado que nuestro ser humano no es mejor o peor ya no digamos que de los chimpancés (somos 98.8% semejantes), sino del insecto Drosophila (70% semejantes); que aún no estamos en capacidad de diseñar genéticamente virus (manipularlos sí), que no hay pueblos elegidos y que la única tierra prometida es para todos los humanos y se llama planeta Tierra.