No son juguetes, son arquitectos de la mente infantil: “La infancia en manos del algoritmo”
Leticia Argelia Rivera Ju*
Durante generaciones, el juego fue un territorio libre: un espacio donde la imaginación del niño daba vida a mundos enteros a partir de lo más simple. Hoy, en cambio, muchos de los juguetes que colocamos en sus manos ya no esperan ser imaginados, sino que hablan, responden, anticipan y dirigen la experiencia. No sólo entretienen: capturan la atención y participan, en silencio, en la construcción de la mente.
Hubo un tiempo en que la infancia se construía en movimiento: las canicas, el balero, la cuerda, las carreras acompañadas de risas, algarabía que llenaban las calles. Eran juegos simples, pero profundamente formativos: en ellos se desarrollaban la motricidad, la coordinación, la convivencia y, sobre todo, la imaginación. Sin embargo, con el paso del tiempo, los juguetes se volvieron más sofisticados… y también más pasivos. El juego compartido comenzó a ceder ante experiencias individuales, muchas veces costosas, que prometen entretenimiento inmediato, pero que rápidamente dejan de sorprender.
Este cambio no es menor. Muchos juguetes actuales están diseñados para ofrecer estímulos constantes: luces, sonidos y respuestas automáticas que eliminan la espera y reducen la necesidad de esfuerzo. En este entorno, el cerebro del niño se adapta a la gratificación instantánea, debilitando su atención, su tolerancia a la frustración y su capacidad de generar entretenimiento por sí mismo.
Aunque el celular no es un juguete, en la práctica ha terminado por ocupar ese lugar. Muchos padres lo utilizan como una herramienta para entretener a los niños mientras realizan otras actividades, con frecuencia sin establecer límites claros de tiempo ni de contenido. Para el niño, que aún no tiene la capacidad de discernir, no hay diferencia: todo se percibe como juego. Sin embargo, esta «gratificación» constante no es inocua. Lejos de ser un simple pasatiempo, favorece la intolerancia a la espera, la necesidad de estímulos inmediatos y una creciente dificultad para autorregularse.
No es casualidad que cada vez más estudios vinculen el uso indiscriminado de dispositivos con diversos problemas en la infancia; organismos como la World Health Organization (2019), han advertido sobre los efectos del exceso de tiempo frente a pantallas en el desarrollo cognitivo, emocional y conductual.
A esto se suma un elemento aún más complejo: el celular. Aunque no es un juguete, ha terminado por ocupar ese lugar. Utilizado con frecuencia como herramienta para entretener, muchas veces sin límites claros, se convierte en una fuente constante de estímulos para un niño que aún no puede discernir lo que consume. Para él, todo es juego, incluso aquello que no debería serlo.
Hace unos días observé a una niña pequeña viendo un contenido que, bajo una apariencia «graciosa», escondía crueldad y ofensa. Para ella era entretenimiento. Ese es el riesgo: cuando lo inadecuado se disfraza de diversión, los valores distorsionados comienzan a formar parte del aprendizaje cotidiano sin ser cuestionados.
Como resultado, comienzan a observarse señales preocupantes: menor tolerancia a la frustración, dificultades en la atención, problemas en la socialización y una creciente dependencia de estímulos externos. No se trata de una condena generacional, sino de una alerta.
La moda de los juguetes con IA -robots disfrazados de compañía- no sólo ha invadido el mercado, sino que está redefiniendo silenciosamente la infancia. Presentados como aliados del aprendizaje y el entretenimiento, en realidad suelen ofrecer interacciones limitadas que rápidamente decepcionan, generando frustración y un abandono casi inmediato. Más inquietante aún es que, para ciertos padres, estos dispositivos han dejado de ser una herramienta y se han convertido en un marcador de estatus, donde aparentar innovación pesa más que comprender su verdadero impacto en el desarrollo infantil.
Tal vez no se trate de rechazar la tecnología, sino de cuestionar el lugar que le hemos dado en la infancia. Porque mientras creemos que los niños sólo están jugando, en realidad están aprendiendo a pensar. Y si no somos nosotros quienes guiamos ese proceso, alguien más lo hará.
¿Y tú, qué opinas?
World Health Organization. (2019). Guidelines on physical activity, sedentary behaviour and sleep for children under 5 years of age. World Health Organization. https://www.who.int/publications/i/item/9789241550536
*Investigadora independiente
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